Después de casi tres meses de clases presenciales, donde la normalidad parecía haberse recuperado, algunas escuelas en la Argentina volvieron a cerrar sus puertas.

Desde el Gobierno nacional estiman que será una medida provisoria y basada en la situación epidemiológica de cada provincia. El regreso a las aulas sigue siendo un tema de debate entre quienes consideran que la escuela es un riesgo y los que insisten en que la prolongación de la virtualidad es nociva tanto para la salud física como emocional de los chicos. Ni hablar de las pérdidas incalculables en cuanto al aprendizaje.

No hay que perder de vista que la Argentina se encuentra entre uno de los pocos países en el mundo en los que las clases estuvieron suspendidas por mayor tiempo. Un informe de Unicef y del Banco Mundial destaca esa realidad cuando compara y analiza las decisiones políticas tomadas al respecto en 148 países del mundo y ubica a nuestro país entre los poquísimos que no tuvieron clases en todo el 2020.

Las escuelas, han demostrado ser un sitio seguro. Aún hoy, con los casos en aumento, en Tucumán sólo 211 burbujas permanecen aisladas (contando las que se encuentran dentro de las 15 localidades donde hubo brotes de Covid).

“La escuela es una herramienta de equidad social indispensable, particularmente en los grupos más vulnerables…”, menciona Unicef en un comunicado emitido en abril que también se difundió en redes con el hashtag #escuelasiempre.

Ese documento, elaborado en conjunto con la Sociedad Argentina de Pediatría, cobra hoy mucho valor ya que acentúa la importancia de las clases presenciales y exhorta a las autoridades a que la no presencialidad escolar por las razones epidemiológicas sea durante el menor tiempo posible y lo más sectorizado posible.

La semana pasada, en LA GACETA, el psicólogo social Emilio Mustafá dijo preocupado que el regreso a la virtualidad es preocupante para los chicos en las barriadas. El año pasado dejó como saldo un alto nivel de abandono escolar y un preocupante aumento en el consumo de sustancias adictivas. “Estamos en la peor de las pandemias, pero las consecuencias posteriores serán igualmente graves. Es angustiante ver que muchos chicos no volvieron a la escuela. Los más chiquitos, hasta los once años, lo habían hecho con mucha dificultad. Pero desde los doce años en adelante han abandonado. Algunos porque trabajan y otros porque no tienen en su familia quien los acompañe”, resume el profesional.

Cuando la continuidad educativa depende de tener una computadora, un teléfono medianamente moderno y con acceso a internet, el rol de la escuela como igualador debería ser elemental. Por eso no deben suspenderse las clases allí donde no existen alternativas. Si esta pandemia nos llena de preguntas y nos da pocas respuestas el Estado debería garantizar un mejor futuro a quienes hoy no lo tienen.